El aspecto ético de la tecnología.
El desarrollo tecnológico es uno de los componentes que definen lo más significativo de nuestro tiempo y es por eso revelador del poderío de las empresas y los países que lo producen. La tecnología supone el soporte de los conocimientos científicos que la fundamentan, el empleo de sofisticados recursos materiales y especiales habilidades al servicio de la organización del trabajo y la producción, que buscan ofrecer bienes útiles dotados de la mayor eficacia. La tecnología se guía por criterios económicos y, en principio, ocupa un espacio éticamente neutro.
Cuando se observa el proceso de su evolución se advierte que la demanda
incentivada por la competencia, que mueve a elaborar más y mejores
productos, ha generado un asombroso dinamismo en la multiplicación de
las tecnologías, que, a la vez, se han ido expandiendo más allá de la
producción de bienes y la oferta de servicios, y han llevado su
participación a otros dominios de la cultura, como ha ocurrido en la
actividad educativa y sanitaria o en el campo de la información y la
comunicación.
Tan acelerado y vertiginoso en su ritmo, este proceso no se ha visto
acompañado de una reflexión crítica sobre las consecuencias previsibles
en los órdenes biológico, humano y social para evitar graves perjuicios.
Esto ha pasado en el campo ambiental, sometido a un grave deterioro a
causa de los efectos disfuncionales del uso de las tecnologías, lo que
se ha evidenciado, por ejemplo, en la elevación de la temperatura
ambiental o en la contaminación descontrolada de los campos por acción
de insecticidas, como pasó con el DDT.
Es importante advertir que los frutos de la tecnología, como de otras
creaciones o acciones humanas, provocan situaciones ambivalentes, pues
tanto se registran efectos positivos como negativos. Esto ocurre con el
empleo de las computadoras por los chicos: los progresos que logran en
su uso son opuestos al aprendizaje de la redacción y al correcto manejo
del idioma, con el riesgo de que su adhesión al ordenador reduzca su
contacto e interacción social.
Hay algo más por considerar: las acciones humanas siempre crean un
compromiso moral. Las tecnologías no son en sí mismas ni buenas ni
malas, pero su empleo puede estar al servicio de fines primarios o
accesorios que merezcan una calificación ética negativa. Esto pasa
concretamente cuando la información bajada de Internet provee de
material pornográfico o de cualquier otra especie que es de particular
interés entre los adolescentes.
De ahí que las obligaciones morales no estén al margen del empleo de las
computadoras. El deber de velar por ese compromiso concierne a los
mayores, ya sean fabricantes, padres, educadores, comerciantes y adultos
que regulan su uso. Niños y adolescentes tienen que avanzar en su
dominio con mesura y conciencia de los beneficios que reditúa la gran
herramienta que está en sus manos, pero también con conocimiento de sus
límites y de las derivaciones perturbadoras que puede provocar.
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